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sábado, 24 de marzo de 2012

Coinco y Zúñiga, pueblos rurales al interior de Rancagua, Región del Libertador Bernardo O' Higgins, Chile

Día libre en Rancagua, con múltiples opciones, dormir durante toda la jornada, inclemente, salir de schoppin, ascender a una montaña cercana para ver la ciudad desde arriba, en un día nublado y lluvioso, hacer la ruta del vino o internarme en las zonas rurales para ver el corazón de los valles huasos, poco conocidos, taché las tres primeras y a cara o cruz la suerte se inclinó por la última, buena suerte, porque resultaron dos sitios acogedores y fotogénicos. Coinco (las 7 primeras), me recibió con lluvia molesta pero ante el sabio dicho siempre que llovió paró, me quedé cerca de una hora bajo la galería de la casa comunal, edificio históricco restaurado, mermó el agua y emprendí el ataque contra la Iglesia destruída por el terremoto del 2010, y una casa larga, herida por el sismo, por suerte la lluvia intensa había dejado hermosos espejos que generaron unos reflejos prístinos, y pensar que casi nadie repara en el hecho, luego un rato de plaza, un cafecito de parado y vuelta al hiperactivo terminal de buses rurales de Rancagua, sitio de indispensable visita para entender usos y costumbres de los pobladores de tierra adentro.
Segunda etapa Zúñiga, más alejada a 1 hora y pico por entre valles y montañas, ripio y pavimento. Una calle larga con curva y plaza, una profusa arboleda, la iglesia lacerada y un viejo comedor de chapa me aguardaban, tras un suculento plato de arroz con pollo y bajo la generosa mirada que desde una propaganda de gaseosa (de la época) me dispensaba una muy jovencita Cecilia Bolocco, grande Carlitos..., salí al encuentro de muchas construcciones seriamente afectadas por el sismo, muchas de ellas abandonadas, algunas en reparación y supongo que otras recuperadas, lo mejor, los colores de las fachadas, con predominancia del rojo sangre y el amarillo tirando a ocre, que contrastan con generosas arboledas pobladas de pájaros con evidentes ganas de cantar. Vuelta a eso de las 16, paseo por la plaza, repleta en tarde de domingo, y noche de vino y política en el Viejo Rancagua, no tan de noche porque mañana lunes y con dedos cruzados para que el tiempo mejore me espera Sewell, un momento de aria en la sinfonía de cuatro movimientos en que se había convertido este viaje.

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